lunes, 27 de enero de 2014

Hace un tiempo me ocurrió que comencé a hacer las clases de Yoga de un modo diferente. Ya no planificaba las clases ni decidía que hacer en ellas de acuerdo a los criterios de mi mente ("hay que hacer esta práctica por tal motivo") sino que me abría a lo que el momento, las personas, las circunstancias y la vibración indicaran.

Para ello debía permanecer en un estado de silencio mental, es decir, no dejar entrar a las categorías o juicios o razones de la mente ordinaria, pues si aparecía ella con sus argumentos de que debía o no hacer tal cosa, entonces dejaba de fluir esa "inspiración" o "intuición" que me decían qué hacer momento a momento. Tampoco debía ir con mi mente el futuro a pensar en qué técnica íbamos a realizar pues también en ese caso se detenía ese flujo que llega de no sé que parte pero llega.

Asimismo, lo que busco hace tiempo en mis clases no es desarrollar tal o cual habilidad física, ni ajustarme a tal o cual método. Lo que busco es que se produzca cierto tipo de energía ... una vibración sutil pero real de paz, de armonía y de felicidad.
Así es que las clases que doy se han convertido en una cosa extraña sin pies ni cabeza (desde el punto de vista de la mente y sus categorías, desde la perspectiva de las razones que se enseñan para organizar una clase de yoga), cuyo hilo conductor es la generación de un tipo especial de vibración que acerque a la plenitud del Ser más allá de la forma, la materia, los deseos, las aversiones, las opiniones, los métodos, y cuya fuente es algo más grande que mi mente, que llega a mi desde alguna parte ...



Mis clases no buscan nada externo ... sino ir al Centro, a la Esencia, al Núcleo ...

Aunque quisiera hacer las clases con criterios más razonables y normales .... ya no puedo ...

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